SERRANÍA DE GRAZALEMA Parque Natural
SERRANÍA DE GRAZALEMA             Parque Natural

No cabe duda que este itinerario es el más frecuentado y admirado por todos. Excursión preliminar para comenzar a transitar por la Serranía y aprender a interpretar los distintos elementos naturales que forman el Parque Natural, la vegetación, la fauna, la hidrografía... y lo más importante, las formas de vida que mantenían los hombres y mujeres en estos parajes. Ideal para realizarla con niños y aprovechar este motivo para enseñarles el maravilloso encuentro con la naturaleza. No olvidéis que los días de fuertes lluvias hacen que el camino se haga algo resbaladizo y el río toma un considerable caudal.

Situados en la localidad de El Bosque, nos dirigiremos al albergue juvenil situado en las inmediaciones de la piscifactoría, en el conocido Molino de Enmedio. Junto al puente, rodeado de sauces y álamos negros (Populus nigra) se encuentra el cartel que nos indica de forma abreviada las características de este itinerario, señalando los elementos de más interés. Unospasos más adelante, metidos ya en la ruta, otro panel informativo nos mostrará la mayoría de las aves que cohabitan en estos medios y que con la oportuna paciencia y aparatos necesarios veremos frecuentemente durante el trayecto. El camino, que transcurre paralelo al río, se interna poco a poco por estos parajes donde vemos cómo crecen en la orilla varios setos de cañas y en la parte baja juncos. A nuestra derecha destaca un gran álamo negro rodeado de naranjos y a nuestros pies las bellas flores violetas de la vinca, si nuestra visita se desarrolla entre marzo y mayo. Así llegamos a un puente de madera por cuyo fondo discurre el arroyo del Espino; éste, que viene en dirección norte, recoge aguas de los numerosos arroyos que bajan de la ladera oeste de la Sierra de Margarita uniéndose en este lugar al río de El Bosque. A nuestra derecha, el Molino de Arriba o lo que queda de él, un poco más adelante salimos a un campo de labor donde se da el cultivo del cereal y a lo lejos asoma la Sierra del Labradillo. El camino bien marcado nos deja algunos huecos para asomarnos y contemplar el bosque de galería que acompaña al río truchero más meridional de Europa. De nuevo cruzamos otro puente de madera y desembocamos en un llano dedicado a la siembra. Pasamos a la otra margen del río, por un puente que accede a una zona donde aquel forma pequeñas angosturas.

En las cercanías encontramos el sendero periurbano del Camino de los Pescadores, que lleva de nuevo a El Bosque pasando por el Jardín Botánico el Castillejo. Como podremos comprobar llegamos donde el valle abierto con sus campos y huertos, da paso a una zona media del río donde éste se angosta. El lugar fue elegido para instalar una pequeña central eléctrica en cuyas proximidades existe un cartel que explica su uso. No obstante, como suele ser desgraciadamente habitual, lo encontraremos destrozado así que brevemente lo contaremos aquí. Hace muchos años, las poblaciones de la zona se abastecían de energía de estas instalaciones, que comenzaron a producir electricidad en 1.908. una enorme tubería, que veremos penetrar por la trasera del edificio, conducía el agua procedente de un pequeño embalse situado más arriba. Este embalse se abastecía a su vez de unas canalizaciones construidas río arriba, en la zona de los Batanes (los restos de presas y zúas que veremos más adelante lo atestiguan). El agua, al bajar con fuerza hacía girar las turbinas de los generadores de los que se obtenía ésta energía. En los años 60, concretamente en 1963 y dado el crecimiento poblacional, su funcionamiento dejó de ser rentable, quedando en el más mísero abandono y posterior olvido. Desde aquí, el camino se estrecha y se convierte en senda. Cruzamos un puente para situarnos en la margen izquierda del río, más expuesta a la solana, donde crecen varias plantas típicas y adaptadas a la escasez de agua como palmitos, acebuches y lentiscos. A medida que avanzamos vamos adentrándonos en una zona de exuberante vegetación, hermosos paisajes y saltos de agua. Descendemos un poco y pasamos por una hondonada de espesa vegetación donde crecen algún que otro durillo (Viburrun tinus), arbusto que aquí se encuentra formando largas varas predominando sus hojas de color verde oscuro. Más adelante pasaremos por una pequeña sauceda y una multitud de frondosos rincones, que nos dejan ver varias especies de árboles y arbustos, entre ellos nos llamarán la atención los sauces, destacando el Salix atrocinera. Estos árboles llevan las hojas en disposición alterna, con el peciolo ligeramente corto; las flores (amentos) que salen en la planta cuando está desprovista de hojas e incluso las mantiene con ellas floreciendo en los meses de febrero a abril. Los sauces conservan en el lenguaje científico el mismo nombre que le daban los romanos, salix, que deriva de la raíz indogermánica sal: (por el color no tan blanco de las salinas: las hojas de muchos sauces están cubiertas de una borra de color grisáceo). En etimología popular se ha pensado que era un vocablo de origen celta, derivado de sal: próximo y lis: agua, por la clara tendencia de la mayoría a encontrarse en terrenos húmedos; pero para el botánico Quer, salix derivaría del verbo salió: saltar, brincar, porque según él “crecen con tanta prontitud que parece que saltan”. Más adelante veremos varios madroños (arbustus unedo) que crecen a la derecha del camino. El madroño es un arbusto o pequeño arbolillo perenne, que aquí alcanzan entre dos y tres metros de altura. Su corteza es agrietada, escamosa y de color pardo-rojizo, de la que desprende pequeñitas placas. Sus hojas son simples, lanceoladas, con el borde dentado, de 4 a 10 cm. las flores son blancas o algo rosadas y nacen en pequeños racimos terminales, ligeramente colgantes, que curiosamente florecen en otoño o principios de invierno y los frutos maduran en el otoño siguiente. Son globosos con la superficie erizada y de color anaranjado y rojo cuando maduran, de tamaño entre 20 y 25 mm, y su presencia es el detonante de que los suelos donde crece poseen buena fertilidad. Como todos sabemos su fruto es comestible al madurar, no obstante mantienen algo de alcohol y puede provocar dolor de cabeza, por ello se dio el nombre de unedo, de unus: uno, y edo: solo.

Continuaremos en esta parte del recorrido por varios puentes, que le dan a este popular recorrido un atractivo especial, con multitud de plantas que crecen adosadas a arbustos y árboles formando una pérgola natural de extraordinaria belleza. De vez en cuando veremos la sierra del Labradillo cubierta por una densa vegetación típica del ambiente mediterráneo en cuya ladera, próxima al río, observaremos un gran canchal de rocas, fruto de las obras llevadas a cabo para construir la canalización para el aporte del agua a la fábrica de la Luz, muro que vemos adosado a la pared. Entre las plantas trepadoras destaca por su vistosidad y forma la zarzaparrilla (Smilax aspera), cuyos tallos brotan en busca de la luz creciendo en zigzag y trepando por cualquier planta que le sirva como soporte. Las hojas son acorazonadas, muy distribuidas a lo largo del tallo, sostenidas por un peciolo bien fuerte del que le salen dos zarcillos con los que se agarra, como vemos, a los rincones de la vegetación por donde trepa. Sus frutos van en racimos de color rojo y negruzcos que maduran con la llegada del otoño. Su parecido a la zarza por sus espinas y por la forma de sus racimos a la parra, le dan su nombre común. Algunos algarrobos de gran porte dan sombra al camino, que tras unas revueltas entre grandes rocas, desemboca en una zona de bancales donde crece un pequeño retal de álamos negros, nombre romano (latino), del álamo y de su madera. Estos árboles de hoja caediza ya eran conocidos y plantados por griegos y romanos. Al parecer su nombre deriva del griego Ptelèa, pero en etimología popular se ha relacionado con el latín populus: el pueblo, con el sentido de arbor populi: árbol del pueblo. Desgraciadamente aún quedan las huellas en muchos árboles y arbustos, de las marcas dejadas por la mano del ser humano causadas por la corta indiscriminada de leña para hacer fuego. Hasta principios de los años 80 fue permitida la acampada en estos lugares, trayendo consigo la masificación de personas que de forma masiva arrojaban todo tipo de residuos, con el agravante de la falta de higiene y salubridad.

Pasamos ahora por las ruinas de lo que fueron los Batanes, en los que, por medio de las aguas y su fuerza daban movimiento a las palas y mazos de madera que golpeaban el tejido con el fin de limpiarlos y darles mayor resistencia a la lana, con la que se fabricaban mantas y ponchos. Junto a los bancales que podemos observar, denotan la explotación agrícola de que en su tiempo fue objeto estos terrenos, quedando huella de ello en añejos naranjos, higueras, membrillos y otros árboles frutales de los que se abastecían las personas que vivían en estos recónditos lugares. Más adelante vemos otro batán e incluso aún queda la piedra de estos desaparecidos molinos de los que en tiempos remotos hubo doce en el término de Grazalema. Cinco de ellos se asentaban en Benamahoma, población que pertenece a este municipio y a la que desde antiguo se le conoce con el nombre de las Huertas de Benamahoma; Nombre éste de raíz árabe, según Asín Palacios significa “casa de Muhammand” que en época nazarí era una alquería frondosa llamado el bosque de Benamahoma, siendo al igual que otros pueblos de la Serranía de Villaluenga integrado en la Casa de Arcos a finales del siglo XV. Parece ser, según recoge el diccionario de Pascual Madoz, que Benamahoma fue fundada por vecinos de las cuatro villas (Villaluenga, Grazalema, Benaocaz y Ubrique) las cuales mantendrían jurisdicción sobre los habitantes y nombrando una autoridad sobre los naturales que le correspondía. Así pues Benamahoma no se encontraba en posesión de término propio. En el siglo XIX, con la división de los términos municipales de las villas y su asignación de montes el pueblo pasó a Grazalema quien actualmente dirige sus designios administrativos.

En este lugar, los prados, remansos del río y especies arbóreas como elquejigo, resultan el cobijo perfecto para una multitud ingente de seres vivos, entre los que destacan las aves insectívoras: entre ellas la curruca capirotada (Sylvia atricapilla), con su inconfundible casquete negro en la cabeza del macho y marrón-rojizo en la hembra, con el resto del cuerpo de gris plomo, que oculta entre la maleza se lanza a la caza de insectos que vuelan en el pasillo del río. Continuaremos caminando por varios tramos que poseen una vegetación exuberante. A veces nos da la impresión que perdemos el camino, no obstante, pequeños tramos de veredas bajan a la orilla del río donde poder recrearnos, tomar bellas fotografías de estos bucólicos rincones y sorprender a la inquieta lavandera cascadeña (Motacilla cinerea) de plumaje amarillo con la garganta negra y el dorso gris, alimentándose de insectos y larvas acuáticas que busca incansablemente sobre las piedras y las plantas que pierden sus ramas en las márgenes del río. Bajo los sauces y fresnos observaremos algunas especies de la vegetación o estrato arbustivo: escaramujo (Rosa canina) que acompaña las márgenes del río de forma dispersa y que con la llegada de la primavera dan con sus flores una nota de color y esplendor. El escaramujo o rosal silvestre es un arbusto de ramas largas y arqueadas, mostrándose espinosas en todo su desarrollo, excepto en las ramillas que llevan las flores. Estas son rosadas y algo blancas, compuestas de cinco pétalos y con numerosos estambres; cuando termina su floración allá por el mes de junio la cápsula, aovada, va madurando hasta llegar el otoño, tornándose de color rojo a la que se le llama tapaculos, nombre, por otro lado, que parece impuesto por ser usado por sus cualidades astringentes para combatir las diarreas.

Nos encontramos en el fondo del valle formado a nuestra derecha por la Sierra del Albarracín y a nuestra izquierda algo más alta la Sierra del Labradillo, donde despuntan en la cumbre unos grandes espolones rocosos no pocas veces utilizados como posaderos y oteaderos por los buitres leonados. Entre las rocas forradas por musgo que se asientan en el lecho del río y oquedades donde la humedad es permanente, crecen culantrillos (Aspleniun trichomanes) aferrados a la roca y más adelante a ambos lados del camino y en lugares frescos, el conocido como cola de caballo (Equisetum telmateia) que emerge del suelo con un largo tallo recordándonos su parecido con el apéndice de este animal. Poco antes de llegar a Benamahoma, observaremos a nuestra izquierda huertos repletos de árboles frutales, entre los más sobresalientes veremos el nogal (Juglans regia), que por estos enclaves posee una altura considerable. Su corteza es de color gris pálido y presenta unos surcos o grietas bastante profundas, sobre todo en los árboles de mayor porte y edad. Veremos también al cerezo (Prunus domestica), si nuestra excursión la llevamos a cabo en las primerías de la primavera lo sorprenderemos en flor, configurando un hermoso contraste con el verde de los otros árboles. Más adelante el camino rezuma en humedad y a nuestros pies crecen vincas, hiedras y las pequeñas flores de las Lágrimas de la Virgen.





Atardecer sobre la Sierra del Pinar. A. Barroso
La Gente de la Sierra. Foto. A Barroso
Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio Recomendar esta página Recomendar esta página
© Antonio Barroso Robles

Página web creada con 1&1 Mi Web.